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Una Estrella En Peligro Pdf Download [UPD]


Las estrellas de mar son carnívoros voraces con una adaptación especial para consumir presas fuera de sus cuerpos. Su estómago se puede extender a través de la boca para engullir y digerir la presa. Esta característica permite que las estrellas de mar consuman una variedad de presas más grandes que su boca. Para comer mariscos, usan sus poderosas ventosas para abrir una almeja o una concha de ostra, luego empujan su estómago hacia afuera por la boca y lo insertan dentro de la concha donde digieren y absorben los tejidos internos blandos dejando una concha vacía detrás.




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Algunas especies de estrellas de mar tienen la capacidad de regenerar los brazos perdidos o incluso regenerar una estrella de mar completamente nueva a partir de un solo brazo unido a una parte del disco central. La regeneración es posible porque cada uno de los brazos contiene partes de los órganos vitales, incluidos el tracto digestivo y los órganos reproductivos. La regeneración es un proceso lento y puede requerir un año para una reforma completa.


Las estrellas de mar tienen un surco que se extiende desde la boca hasta cada brazo. A lo largo del surco hay 2-4 filas de pequeñas proyecciones tubulares llamadas pies de tubo con puntas de ventosas musculares. Los pies de tubo se utilizan para funciones de locomoción, alimentación, respiración y sensoriales. Una red de recipientes de agua en cada brazo extrae agua y la canaliza hacia los pies del tubo, lo que les permite moverse. Durante la locomoción, los diminutos pies de tubo realizan una acción coordinada de "agarrar y tirar". Los brazos pueden doblarse y torcerse permitiendo que las estrellas de mar se muevan sobre superficies irregulares, agarren presas o incluso se vuelquen.


En la naturaleza: la mayoría de las estrellas de mar son depredadores generalistas que comen almejas, ostras, artrópodos, peces pequeños y moluscos. Algunas especies comen material animal o vegetal descompuesto y otras comen pólipos de coral, esponjas y plancton.


Las estrellas de mar individuales son masculinas o femeninas, pero son capaces de reproducirse tanto sexual como asexualmente. La fertilización ocurre fuera del cuerpo cuando los óvulos y los espermatozoides se liberan en el agua. Para aumentar las posibilidades de fertilización, las estrellas de mar se reúnen en grupos cuando están listas para desovar. Se cree que las señales ambientales y químicas coordinan el desove. Los huevos fertilizados se forman en pequeñas larvas nadadoras que desarrollan simetría bilateral. Una vez que las larvas se asientan en el fondo, se someten a una metamorfosis cambiando a la forma adulta radialmente simétrica. Una sola hembra puede producir más de dos millones de huevos por puesta. Sin embargo, dado que muchos animales marinos se alimentan tanto de huevos como de larvas, pocos sobreviven hasta la edad adulta. La reproducción asexual ocurre por fragmentación cuando el animal se rompe en dos partes y cada mitad forma una estrella de mar completamente nueva o por la regeneración de partes del animal. La vida útil es de 3-5 años.


Las estrellas de mar no están en peligro de extinción y, de hecho, son una seria amenaza para los criaderos de mejillones y ostras, así como para los arrecifes de coral. Una estrella de mar puede devorar más de 50 almejas jóvenes en una semana. Las estrellas de mar también compiten directamente con los pescadores comerciales y recreativos. Las estrellas de mar se pueden recolectar, triturar y vender como fertilizante y alimento para aves.


4. Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro yo aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas. Dante, en la Divina Comedia, después de haber confesado su fe ante san Pedro, la describe como una chispa, / que se convierte en una llama cada vez más ardiente / y centellea en mí, cual estrella en el cielo [4]. Deseo hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz.


Imagen de esta búsqueda son los Magos, guiados por la estrella hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Para ellos, la luz de Dios se ha hecho camino, como estrella que guía por una senda de descubrimientos. La estrella habla así de la paciencia de Dios con nuestros ojos, que deben habituarse a su esplendor. El hombre religioso está en camino y ha de estar dispuesto a dejarse guiar, a salir de sí, para encontrar al Dios que sorprende siempre. Este respeto de Dios por los ojos de los hombres nos muestra que, cuando el hombre se acerca a él, la luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor. La confesión cristiana de Jesús como único salvador, sostiene que toda la luz de Dios se ha concentrado en él, en su vida luminosa , en la que se desvela el origen y la consumación de la historia[31]. No hay ninguna experiencia humana, ningún itinerario del hombre hacia Dios, que no pueda ser integrado, iluminado y purificado por esta luz. Cuanto más se sumerge el cristiano en la aureola de la luz de Cristo, tanto más es capaz de entender y acompañar el camino de los hombres hacia Dios.


39. Así como la organicidad entre las virtudes impide excluir alguna de ellas del ideal cristiano, ninguna verdad es negada. No hay que mutilar la integralidad del mensaje del Evangelio. Es más, cada verdad se comprende mejor si se la pone en relación con la armoniosa totalidad del mensaje cristiano, y en ese contexto todas las verdades tienen su importancia y se iluminan unas a otras. Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio.


80. Se desarrolla en los agentes pastorales, más allá del estilo espiritual o la línea de pensamiento que puedan tener, un relativismo todavía más peligroso que el doctrinal. Tiene que ver con las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida. Este relativismo práctico es actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran. Llama la atención que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión. No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!


81. Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos. Algunos se resisten a probar hasta el fondo el gusto de la misión y quedan sumidos en una acedia paralizante.


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